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A Filosofia na Idade Média I (resumo)

1. La cultura medieval. — La Edad Media comienza aproximadamente en el siglo V y concluye en el siglo XV. Suele considerarse como su hecho inicial las invasiones de los bárbaros en el Imperio romano y como hecho terminal la caída de Bizancio en poder de los turcos. Culturalmente, o mejor, filosóficamente, la Edad Media puede considerarse iniciada con la muerte de San Agustín, el último gran Padre de la Iglesia latina, y acabada con ese fenómeno cultural llamado Renacimiento.

No hay que confundir la cultura medieval con la filosofía escolástica. La escolástica, propiamente, no aparece hasta el siglo IX, con el renacimiento carolingio.

2. Las escuelas. — La «escolástica» significa literalmente la enseñanza dada y recibida en las escuelas. En la alta Edad Media las escuelas eran de tres clases: monacales, catedralicias y palatinas, según estuvieran establecidas, respectivamente, en las abadías de los monjes, en las iglesias catedrales de las diócesis o en los palacios de los reyes. Ejemplo típico de las primeras es la escuela de Casiodoro; de las segundas, la escuela isidoriana, y de las terceras, la fundada en Paris por Carlomagno. Las escuelas medievales hicieron posible en el siglo XIII la fundación de las Universidades.

3. Las ensenanzas. — En las escuelas medievales se cultivaban las siete artes liberales, la filosofía y la teología. Las siete artes liberales constituían el trivium — gramática, retórica y dialéctica — y el cuadrivium — aritmética, geometría, astronomía y música—. La afición a la dialéctica hizo que perdieran interés las otras ramas del trivium. Desde la dialéctica se llegó a la especulación teológica. La teología, en efecto, termino por adquirir la primacía cultural en toda la Edad Media. En conexión con la teología y como ampliación de la dialéctica, surgió el cultivo de la filosofía.

4. La filosofía escolástica. — La filosofía escolástica surge, en efecto, en función de la elaboración teológica y como resultado del cultivo de la dialéctica.

El nacimiento de la escolástica no coincide con el comienzo de la Edad Media. Propiamente, sólo puede hablarse de filosofía escolástica a partir del siglo IX. Siempre es difícil señalar limites rigurosos y preci-

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sos. En la Historia no suelen aparecer los hechos sin precedentes doctrinales. Por eso, los caracteres de la filosofía patrística perviven, en cierto modo, en la escolástica. Sin embargo, y en líneas generales, mientras la patrística parte de la revelación para elaborar los dogmas, la escolástica arranca frecuentemente de los dogmas, poniéndolos en relación con la razón humana, para constituir el gran cuerpo unitario del saber cristiano en una labor de integración de la doctrina de la Iglesia. Pero al mismo tiempo que el dogma católico, se impone al pensamiento de la escolástica el sistema especulativo de los griegos. El descubrimiento de la filosofía griega constituye uno de los factores esenciales de la especulación escolástica. Con la patrística, gravitan en la filosofía escolástica los grandes pensadores de Grecia, sobre todo Platón y Aristóteles.

La escolástica, pues, no surge desvinculada de la tradición; no tiene un comienzo sin precedentes ni se cierra en sí misma, sino que continua la especulación anterior, al mismo tiempo que prepara el porvenir. Por eso son concepciones mancas las de aquellos historiadores de la filosofía que pretenden silenciar la escolástica, como si la Edad Media fuese un paréntesis de oscurantismo y de infecundidad entre las filosofías griega y moderna. La verdad se va ya abriendo paso, y la realidad de la filosofía escolástica se impone con la evidencia de los hechos. A ello ha contribuido la labor coordinada de varios pensadores medievalistas, desde hace un siglo a esta parte, como Alberto Stöckl, José Kleutgen, Salvador Talamo, Franz Ehrle, Clemente Beaumker, Padro Mandonet, Mauricio de Wulf, Martin Grabman, Miguel Asín Palácios y Esteban Gilson.

5. Caracteres de la escolástica. — Al juzgar la filosofía escolástica, conviene rechazar dos juicios contrarios y exclusivistas. Para algunos historiadores, la filosofía escolástica no es, en rigor, filosofía. Escolástica significa para ellos dialéctica estéril, servilismo de lo antiguo, silogística huera, que no sirve para el hallazgo de verdades nuevas, sino únicamente para la exposición de verdades muy antiguas. Los prejuicios y la rutina estancan la marcha del pensamiento, que vive — dicen — aherrojado por la Iglesia. Según otros historiadores, la escolástica es la verdad pura, un sistema de filosofía acabado y concluso, que detenta toda la verdad sin mezcla de error alguno, y ante la cual es forzoso limitarse a aprenderlo y transmitirlo a los demás por la enseñanza. La escolástica medieval —se piensa — dispone de la solución de todos los problemas de todo tiempo y lugar, y está dotada de eficacia soberana para destruir todos los errores pretéritos y futuros.

La verdad es, sin embargo, muy distinta. Ni la escolástica medieval lo es todo, ni puede desconocerse su realidad. La filosofía escolástica, desde sus orígenes, aparece como continuación fecunda de una tradición ininterrumpida, y no acaba con la aparición de los sistemas modernos, sino que se prolonga y pervive, en continua asimilación y crecimiento, a través de las edades moderna y actual.

Entre sus caracteres fundamentales, merecen especial mención los siguientes:

a) Es tradicional, esto es, nace vinculada a la especulación patrística y griega, manteniendo y asimilando la viva herencia de un pasado fecundo.

b) Es progresiva, no cerrándose en sí misma, como sistema acabado. Al contrario, abierta a los nuevos problemas, busca sin césar soluciones rigurosas, arrancando de continuo a la misteriosa realidad nuevas verdades.

c) Es comunión, porque, sin ahogar las personalidades individuales, considera la verdad como patrimonio común y no como propiedad de ningún pensador aisladamente tomado. Consciente de que la originalidad no es valor filosófico, ni tiene sentido científico, va acumulando e integrando, sin discontinuidad, en el sistema común, las verdades descubiertas por cada filósofo. De esta manera, la escolástica no viene a sustituir a ningún sistema anterior, ni ella es sustituida por ningún sistema moderno. Se revela aquí el más hondo sentido de la verdad, que ni sustituye ni es sustituida. Sólo tratándose de hipótesis, de teorías o de técnicas, puede hablarse de sustituciones y desapariciones.

d) Otra característica fundamental de la escolástica podemos referiría al método. Limitándonos a la escolástica medieval, diremos que la enseñanza se hacía, primeramente, sobre textos, generalmente de los Santos Padres. Así surgen las lectiones y los commentaria. Mas, habida cuenta de que en los textos utilizados se encontraban pasajes favorables a posiciones contradictorias, no es de extrañar que los filósofos escolásticos se encontrasen abocados a disputas, frecuentemente interminables. Un intento dé corregir este defecto es el método del sic et non, propuesto por Abelardo, con el fin de conciliar los pareceres aparentemente opuestos, a base de una interpretación de los mismos, con lo que se revela, por un lado la fidelidad a la tradición, y por otro, la libertad en la especulación. Durante mucho tiempo se utilizaron, como lectura y comentario, los Libros de las Sentencias, de Pedro Lombardo.

De esta manera surgieron los Comentarios, las Cuestiones disputadas, las Cuestiones quodlibetales y los Opúsculos. Las grandes síntesis doctrinales se llaman Summas. De ellas son ejemplos clásicos la Summa theologica y la Summa contra gentiles, de Santo Tomás de Aquino.

6. Períodos de la filosofía escolástica. — La filosofía escolástica puede dividirse en los siguientes períodos:

a) Período de transición, que abarca desde fines de la filosofía patrística hasta el siglo IX, y que se halla representado por Boecio, Casiodoro, San Isidoro y Beda el Venerable. No le faltan características definidas. Con la invasión de los pueblos bárbaros en las provincias occidentales del Imperio romano, se rompe, no solamente la unidad política, sino también la unidad de la civilización. El saber clásico y cristiano corría el riesgo de perecer. Afortunadamente, surgieron de entre los romanos más cultos del Imperio fenecido algunos hombres providenciales, que se encargaron de recopilar todo el saber de su tiempo en obras más extensas que profundas, ciertamente, pero que hicieron un servido inapreciable a la posteridad. Con la recopilación se siembran los gérmenes de un renacimiento cultural que aparecerá tan pronto como las circunstancias políticas se tornen favorables.

b) Período de formación, en el que, a su vez, deben distinguirse dos corrientes: la representada por los filósofos cristianos desde el renacimiento carolingio hasta la Escuela de San Víctor, con Escoto Erígena, San Anselmo y Abelardo, como filósofos más caracterizados, y la constituida por las filosofías orientales — árabe y judia, principalmente—, que influirán notablemente en la escolástica clásica a través de pensadores españoles, como Domingo González y Pedro Hispano. Nos interesa caracterizar aquí brevemente la primera de estas corrientes, con la que, sin solución de continuidad, enlazará el tercer período de la escolástica. Se inicia en el siglo IX y se extiende hasta finales del XII. La filosofía resurge penosamente como desarrollo de la dialéctica (la rama más importante del trivium) y como indagación de los problemas naturales contenidos en las cuestiones de teología. Condiciona en buena medida su desarrollo la influencia decisiva de San Agustín y el seudo Dionisio, con algunos otros textos patrísticos. A través de San Agustín se reciben muchas ideas neoplatónicas y platónicas. Aristóteles sólo está presente mediante Boecio, y su influencia se reduce a algunas cuestiones lógicas, frecuentemente neoplatonizadas a través de Porfirio. De aquí que la concepción dominante sea la de que la idea es fuente del conocimiento y de la realidad.

c) Período de apogeo, que comprende el siglo XIII, el de máximo esplendor de la escolástica, con los incomparables maestros San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino. Estamos en el siglo de la fundación de las universidades y del establecimiento en ellas de las Ordenes mendicantes. Aristóteles irrumpe con todas las exigencias de su bien fundado sistema en el teatro cultural del Occidente. He ahí el triple factor que explica en el orden del condicionamiento material el esplendido resurgir de la filosofía y hasta la multiplicidad de escuelas y tendencias que luchan por el predominio cultural.

d) Período de decadencia, que va desde el siglo XIV hasta la aparente disolución de la escolástica en la época renacentista. Con el doble movimiento del nominalismo y el misticismo, entre los cuales se acentuarán cada vez más sus irreductibles diferencias, hasta producir un efectivo divorcio en la cultura, se anuncian ya los dramáticos desencuentros del pensamiento en la Edad Moderna.

7. La escolástica y la filosofía moderna. — La denominación de decadente dada al cuarto período de la escolástica medieval no significa en modo alguno la desaparición de la filosofía escolástica. Paralelamente a las especulaciones del renacimiento y de los sistemas del racionalismo, el empirismo y el idealismo, sigue cultivándose la escolástica por una pléyade de pensadores rigurosos, como Capreolo, Cayetano, Vitoria, Suárez, Juan de Santo Tomás, que se prolonga en línea de continuidad a través de los siglos XVIII y XIX, hasta penetrar, pujante, en la época presente.

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El transito de la patrística a la escolástica (SIGLOS V-VIII)

 

1. Carácter general de la época de transición. — Desde la patrística latina, que más atrás consideramos virtualmente terminada con San Agustín (m. 430), la filosofía sufre en Occidente un colapso que dura cuatro siglos. Dos géneros de causas lo explican unas internas, derivadas del hecho de la senectud del pueblo romano, que no producía ya hombres con suficiente tensión metafísica, y otras externas, ocasionadas por las circunstancias políticas y sociales subsiguientes a las invasiones bárbaras en las provincias occidentales del Imperio. Con la ruptura de la unidad política se escinde la unidad de la civilización. La Edad Media de la historia Occidental queda abierta. Toda la Edad Media europea es, vista desde el ángulo político, la sorda lucha de la idea imperial, supervivencia en las provincias romanas desmembradas, con la idea individualista aportada por los militarmente vencedores. Primero, la balanza se inclina del lado de la fuerza más decididamente activa, y Europa se organiza según las bases del régimen feudal. Pronto recobra vigor el platillo[2] del derecho, y los conatos[3] de organización imperial surgen por doquier. Se quedan empero, en conatos. La conjunción de la idea cerrada sobre lo individual con la idea abierta sobre lo universal concluirá estableciendo las nacionalidades modernas. La fuerza civilizadora que, sobre el ámbito de la latinidad, salva a los nuevos pueblos y configura la imagen de Europa es, precisamente, el cristianismo. En los momentos iniciales de esta empresa urgía la tarea de salvación del saber clásico y patrístico, en inminente riesgo de perecer. Afortunadamente, surgieron personajes cristianos con educación romana, pero abiertos a las exigencias de las nuevas civilizaciones nacientes, que llevaron a cabo esa tarea. El saber patrístico y grecorromano fue recopilado en enciclopedias más extensas que profundas, más eclécticas que sintéticas, más imitadas que originales, pero, en todo caso, de inapreciable utilidad. Es una labor que se inicia en el siglo V y no se concluye hasta el siglo IX.

2. Representantes. — Citamos como genuinos representantes de este período a Marciano Capela (segunda mitad del siglo V), Claudiano Mamerto (muerto hacia 474), Manlio Severino Boecio (480-525), Casiodoro (477-575), San Gregorio Magno (540-604), San Isidoro de Sevilla (570-636) y Beda el Venerable (647-755). A continuación hacemos una breve exposición de los más importantes.

3. Claudiano Mamerto. — Todavía prolongación de la patrística en aquella línea de oposición y lucha contra los errores y las herejías de maniqueos[4], monofisitas[5] y pelagianos[6], en la que habían sobresalido León Magno, Paulo Orosio y Próspero de Aquitania, Claudiano Mamerto defiende en su obra De statu animae, con argumentos tomados principalmente de San Agustín, la inmaterialidad del alma. Las características del período de transición se anuncian ya

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en Claudiano. Por él pasan a la Edad Media las opiniones platónicas del Fedro, del Timeo y del Fedón sobre la inmaterialidad del alma, así como muchas sentencias de pitagóricos y estoicos.

4. Boecio. — A fines del siglo V surge en Italia una civilización que se prolonga hasta la invasión de los lombardos (568). Su momento culminante está presentado por el reinado ostrogodo de Teodorico. En ella representa Anicio Manlio Severino Boecio (480 - 525) la cultura humanística y filosófica. Pasó en Atenas su juventud, estudiando el aristotelismo, el neo-platonismo y el estoicismo. En 510, Teodorico le nombra consejero y le colma de honores. Acusado de lesa majestad, y hasta de practicar la astrología, cayó en desgracia del rey, quien lo encarcela y manda, por fin, decapitar. Boecio fue un decidido católico. Parece haber sido su profesión de fe católica lo que le enemistó con el arriano[7] de Teodorico. Boecio es una personalidad de importancia excepcional! Pensador consumado en todas las ciencias humanas, según frase de Fray Luis de Granada, se constituye en heredero casi universal de toda la antigüedad griega y helenística. Por él pasa esa herencia al medievo. Situado en la divisoria de una civilización que agoniza y otra que amanece, ha) podido ser llamado, con toda justeza, el último romano y el primer escolástico.

Es inmensa la obra realizada por Boecio. Recojamos, en primer lugar, su labor de traductor. Tradujo el Isagoge (Introducción a las categorías de Aristóteles), de Porfirio. De Aristóteles mismo traduce casi todas sus obras lógicas (las categorías, el tratado sobre la interpretación, los dos Analíticos y los Tópicos). También tradujo los libros de Euclides sobre geometría. Debe también señalarse su labor de comentador. Casi todas las obras traducidas por Boecio son ampliamente comentadas. Comentó igualmente a Cicerón y a Nicómaco de Gerasia (De institutione mathematica). Más importancia aún tienen sus tratados originales: De divisione, De Sancta Trinitate, De fide catholica y De consolatione philosophiae.

Iniciando su siempre celebrado diálogo Sobre la consolación de la filosofía, cuenta Boecio que, hallándose en la cárcel, quejándose del estado en que se encuentra; de la muerte, que no lo lleva, y de los amigos, que le abandonaron, se le apareció la Filosofía, a la que describe así:

«E estando en esta congoja y pensado de escribir mis tristes quejas llorando, vi que estaba una mujer encima de mi cabeza, de muy reverendo gesto. Los ojos muy encendidos, y en mirar tan virtuoso, que veía mucho más que comúnmente ninguno de cuantos viven alcanza. E aunque era llena de días y ninguno la juzgara ser del tiempo en que vivimos, tenía vivo color y fuerzas infatigables. La estatura, muy dudosa, porque a veces se estrechaba a la común cantidad que suelen tener los hombres; a veces tocaba el cielo con lo más alto de sí, y si alzaba la cabeza, penetraba el mismo cielo y perdíase de vista a cuantos hombres la vían. Eran sus ropas compuestas de muy delgada hilaza y sutilmente perfectas, de materia incorruptible. E según supe después, de su misma relación, ella, con sus propias manos, se las había tejido, y estaba la hermosura de ellas algo escurecida de muy vieja negligencia, de manera que están las pinturas ahumadas. E en la cortapisa de ellas estaba injerta una p, y en el collar, una t, y de una letra a otra iban puestas unas gradas, a manera de escalera, las cuales eran subida del elemento de abajo al que estaba puesto arriba. (E unos hombres importunos habían hecho pedazos esta sobredicha ropa y llevado cada uno el pedazo que pudo.) Traía en la mano derecha unos volúmenes de libros, y en la siniestra, un cetro real.» (Trad. de Fr. Alberto de Aguayo, ed. del P. Luis G. Alonso-Getino.)[8]

La descripción de Boecio se glosa por sí sola. La hemos reproducido por la importancia que llegó a alcanzar como fuente de inspiración para numerosas representaciones artísticas de la filosofía. Los ojos encendidos y penetrantes significan que la filosofía abarca con su mirada la máxima extensión y penetra allende las realidades fenoménicas, trascendiéndolas; el aspecto lozano y sin edad determinada expresa que la sabiduría, como la verdad, tiene caracteres divinos y está fuera del tiempo; la estatura cambiante indica que la sabiduría crece y madura, adaptándose al intelecto que la busca y la posee; los vestidos incorruptibles significan los primeros principios, por esencia incorruptos; las letras T y P aluden a la teoría y a la práctica, más que dos partes, elementos igualmente esenciales del recto filosofar; las gradas a manera de escalera están indicando el vuelo ascendente del espíritu, desde los elementos experimentales hasta los principios doctrinales; los hombres importunos que rasgan el vestido son los malos filósofos, que incapaces de desvelar la verdad entera, y no pudiendo poseer la sabiduría en su esplendida desnudez, prostituyen al filosofar, hundiéndose en el error, y, finalmente, los libros en la mano derecha y el cetro en la izquierda declaran la supremacía del pensamiento sobre la acción.

Boecio es aristotélico. En metafísica vive pendiente de la solución de los problemas ontológico y teológico. La oposición entre Dios y las criaturas se establece así. Dios es forma pura o puro ser; la criatura es compuesta en su esencia de dos partes: materia y forma o sujeto y forma. La criatura no es, pues, el ser puro. El ser de las criaturas viene a la existencia. El ente ontológico procede, fluye del ente teológico. Hay frases en Boecio de sabor neoplatónico, pero combate el panteísmo y el monismo. Muchas de sus definiciones siguen siendo canónicas. Así, por ejemplo, las de persona y eternidad. Persona est rationalis naturae individua substantia. Eternitas est interminabilis vita tota simul et perfecta possesio. En lógica, sigue siendo aristotélico. Sus comentarios a los diversos libros del Organon suplieron durante mucho tiempo aquellas partes desconocidas de la obra aristotélica; En psicología sigue también a Aristóteles, pero hay en él influencias de Platón y San Agustín, relacionando el mito de la reminiscencia con los incommutabilia vera.

5. Casiodoro. — Casiodoro (477-575), discípulo de Boecio y senador romano, recopiló en sus Institutiones divinarum y Saecularium lectionum toda la enciclopedia de las ciencias y de las artes liberales. Esta obra fue el texto en que bebieron durante muchos anos las primeras escuelas medievales.

6. San Isidoro de Sevilla.—La figura más importante de todo este período de transición es San Isidoro de Sevilla (570-636). Además de fundar en las principales iglesias escuelas para el perfeccionamiento de la cultura de los clérigos, acometió la magna empresa de reunir en su obra Las etimologías todo el caudal científico de su tiempo. Las etimologías comprenden veinte libros, en los que expone el trivium y el cuadrivium, la Medicina, el Derecho, la Historia, la Antropología y otras variadas materias. También escribió otras varias obras, como De fide catholica contra judeos y De rerum natura, que sirvió de modelo para la de San Beda, y que, a su vez, está inspirada en las Cuestiones naturales, de Séneca. Igualmente merecen citarse el Liber sententiarum, que había de. ejercer grande influencia sobre el de Pedro Lombardo.

Para San Isidoro, la filosofía es el conocimiento de las cosas divinas y humanas, unido al ejercicio de la vida recta. La filosofía no es únicamente el arsenal de conocimientos teoréticos sobre las cosas divinas y humanas—sobre toda la realidad—; es también ejercicio de la vida virtuosa. También, y sobre todo, ya que la práctica moral goza, para San Isidoro, de primacía sobre el saber especulativo. El contenido de la filosofía se despliega en tres disciplinas: física, lógica y ética. La física, tratando de la naturaleza, «busca la causa de las cosas»; la ética, indagando el orden moral, busca «el orden de la vida», y la lógica, versando sobre la verdad, busca «la razón del entender». Toda ella, pues, confluye en Dios.

Fuertemente influido por la patrística, sus doctrinas sobre Dios, el alma y el hombre recuerdan a San Agustín. También es agustiniano al resolver el problema del mal. Puede decirse que toda la especulación anterior gravita sobre San Isidoro, inclusive la filosofía griega, aunque no utilice fuentes directas. Como compensación a la falta de originalidad, de que se le acusa con demasiada frecuencia, téngase en cuenta que es San Isidoro el vehículo principal que pone en comunicación la cultura antigua con la medieval. Sus estudios sobre el derecho y la ley son de la mayor importancia.

La influencia de San Isidoro ha sido inmensa, tanto en España como fuera de ella. San Eugenio, San Ildefonso, San Braulio y Tajon son los primeros beneficiados.

7. Beda el Venerable. — San Beda llevó a cabo en Inglaterra la misma labor que Casiodoro en Italia. Escribió una gran enciclopedia que titulo De rerum natura, en la que recoge fundamentalmente las enseñanzas de la patrística. A él se debe en gran parte el esplendor y la fama que adquirieron los monasterios de la Gran Bretaña.

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[1] Texto retirado do livro: ALVAREZ, Ángel González. Historia de la Filosofía en cuadros esquemáticos. Madrid: EPESA, 1946, pp. 50-53.

[2] Pratinho, balança.

[3] Tentativas.

[4] Maniqueísmo: O Maniqueísmo é uma filosofia religiosa sincrética e dualística que divide o mundo entre Bem, ou Deus, e Mal, ou o Diabo. A matéria é intrinsecamente má, e o espírito, intrinsecamente bom.

[5] Monofisicismo: O monofisicismo proclama a união quase completa das duas naturezas em Cristo, praticamente negando o caráter humano do Filho e, portanto, vendo-o como uma só natureza, a divina. Daí o termo "monofisismo".

[6] Pelagianismo: O pelagianismo é uma heresia tribuída a Pelágio da Bretanha. Sustenta basicamente que todo homem é totalmente responsável pela sua própria salvação e portanto, não necessita da graça divina. Segundo os pelagianos, todo homem nasce "moralmente neutro", sendo capaz, por si mesmo, sem qualquer influência divina, de salvar-se quando assim o desejar. Uma das grandes disputas durante a Reforma protestante versou sobre a natureza e a extensão do pecado original.

[7] Arianismo: O arianismo foi uma heresia cristológica sustentada pelos seguidores de Ário, bispo de Alexandria nos primeiros tempos da Igreja primitiva, que negava a existência da consubstancialidade entre Jesus e Deus, que os igualasse, fazendo do Cristo pré-existente uma criatura, embora a primeira e mais excelsa de todas, que encarnara em Jesus de Nazaré. Jesus então, seria subordinado a Deus, e não o próprio Deus. Segundo Ário só existe um Deus e Jesus é seu filho e não o próprio. Ao mesmo tempo afirmava que Deus seria um grande eterno mistério, oculto em si mesmo, e que nenhuma criatura conseguiria revelá-lo, visto que Ele não pode revelar a si mesmo.

[8] Tradução parcial: Apareceu-me uma mulher, acima de meu olhar. Seu aspecto era venerável; seus olhos, repletos de fogo, mais penetrantes do que podem ser os olhares humanos. (…) Suas vestes eram confeccionadas de fios muitos finos, trabalho delicado, matéria indestrutível; fora ela mesma quem as tecera. Podia-se ler, bordada na franja inferior, a letra grega Pi; e, no alto, um Theta. Entre essas duas letras, via-se como uma escada, com degraus que levavam da letra inferior à superior. Entretanto, sua indumentária havia sido rasgada por mãos brutais, que lhe arrancaram tantos pedaços quantos foi possível arrancar.

 

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